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Sin ganado y sin carbono, el monte arde: lo que nos recuerdan los incendios de estos días

Los incendios de julio de 2026 (más de 30.000 ha, doce fallecidos) recuerdan que la causa de fondo es el combustible acumulado. Unir pastoreo extensivo y cultura del carbono previene el fuego y da renta al territorio.

Los incendios de las últimas horas han vuelto a poner a España frente al espejo. La ola de calor que atraviesa el país —con junio 3,2 °C por encima de lo normal y apenas un 39 % de la lluvia habitual— ha convertido el monte en pólvora. El balance provisional es duro: más de 30.000 hectáreas arrasadas en esta oleada, doce fallecidos y decenas de desaparecidos, con miles de personas evacuadas. El foco más mortífero, en Los Gallardos (Almería), obligó a desalojar a un millar de vecinos; hay frentes activos también en Cataluña, Huelva y Huesca.

No es un mal año aislado. En lo que va de 2026, España ya había quemado 50.384 hectáreas antes de julio —el 39,8 % de toda la superficie ardida en la Unión Europea— y encabeza el número de siniestros del continente. Detrás de cada chispa (un poste eléctrico, un rayo, un descuido) hay siempre lo mismo: un monte seco, continuo y cargado de combustible, esperando. La chispa es la anécdota; el combustible acumulado es la causa de fondo.

El combustible que ya no se come nadie

Durante siglos, buena parte del monte mediterráneo no ardía como hoy porque estaba habitado y trabajado. Ovejas, cabras y vacas se comían el pasto y el matorral, mantenían el sotobosque bajo y abrían claros. Ese diente animal era, sin saberlo, el mejor cortafuegos: un paisaje en mosaico, discontinuo, donde el fuego no encontraba una alfombra ininterrumpida por la que correr ladera arriba.

El abandono rural rompió ese equilibrio. Al marcharse la ganadería extensiva, el combustible se acumuló año tras año, y con él la probabilidad de que un incendio pequeño se convierta en uno de esos megaincendios que ya no se apagan con medios, solo con un cambio de tiempo. Recuperar el pastoreo no es nostalgia: es gestión del combustible. Andalucía lleva años demostrándolo con su red de áreas pasto-cortafuegos, en la que rebaños guiados por pastores mantienen abiertas las fajas estratégicas que frenan el avance del fuego. Un cortafuegos vivo cuesta una fracción de lo que cuesta desbrozar con máquinas, y además produce.

El carbono como motor económico del pastoreo

Aquí es donde entra la otra pata: la cultura del carbono. El problema del pastoreo extensivo no es que no funcione contra el fuego —funciona—, sino que muchas veces no sale a cuenta. Y lo que no es rentable, se abandona.

Un pasto bien manejado, con carga ganadera ajustada y pastoreo rotacional, fija carbono en el suelo y, en sistemas arbolados como la dehesa, también en el arbolado. Ese servicio ambiental empieza a tener valor: pagos por captura de carbono, primas por servicios ecosistémicos, esquemas de carbon farming que la propia UE impulsa. Bien planteados —y con medición rigurosa, sin humo—, esos ingresos pueden ser la diferencia entre un rebaño que se mantiene y uno que desaparece.

La lógica es un círculo virtuoso: el carbono paga al ganadero, el ganadero reduce el combustible, y menos combustible significa menos incendios… que a su vez protegen el carbono almacenado en el suelo y el arbolado, y las vidas y casas que hay alrededor. La dehesa ibérica es el ejemplo vivo de este equilibrio: un sistema silvopastoral que produce carne, corcho y bellota, guarda carbono y resiste el fuego mucho mejor que un pinar abandonado.

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Ni milagro ni eslogan

Conviene ser honestos: ni el pastoreo ni el carbono son una bala de plata. El diente animal hay que planificarlo (dónde, cuánta carga, en qué época) para que reduzca combustible sin degradar el suelo. Y los mercados de carbono solo sirven si son serios: con líneas de base creíbles, medición verificable y sin prometer toneladas ni euros que luego no aparecen. Mezclar carbono y pastoreo no sustituye a la selvicultura preventiva, a las infraestructuras ni a los medios de extinción; los complementa, y sobre todo ataca la causa en lugar de correr detrás de la consecuencia.

Pero la dirección es clara. Un monte que da de comer a alguien es un monte que se cuida, y un monte que se cuida arde menos. La política de incendios lleva décadas invirtiendo en apagar; la oportunidad está en invertir en que haya menos que apagar, y en hacerlo de forma que el territorio gane renta en vez de perderla.

Saber dónde y cómo empezar

El punto de partida siempre es el mismo: conocer la finca. Cuánto combustible acumula, qué carga ganadera admite, qué potencial de captura de carbono tiene su suelo y su arbolado, qué figuras de protección y qué agua la condicionan. Esa fotografía técnica —hoy posible con LiDAR, teledetección y datos oficiales— es la que permite decidir con criterio dónde poner el rebaño, dónde abrir el mosaico y qué proyecto de carbono tiene sentido.

Los incendios de estos días no son una fatalidad meteorológica inevitable. Son, en buena parte, el resultado de un monte que dejamos de trabajar. Devolverle el ganado y darle valor al carbono que guarda es, quizá, la forma más barata y más rentable de que el próximo verano tengamos menos que lamentar.


Fuentes de los datos de incendios: eldiario.es, Moncloa.com (datos EFFIS/Copernicus), julio de 2026.

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